jueves, 11 de febrero de 2010

Kentucky's Derby (4)

Era sábado en la mañana, el día de la gran carrera, y nosotros desayunamos en un palacio de hamburguesa plástica llamado el “Pueblo del Pescado y la Carne”. Nuestros cuartos estaban justo al frente, cruzando la calle, en el Hotel Brown Suburban. Había un comedor, pero la comida era tan mala que no pudimos soportarla. Las meseras parecían tener inflamadas las canillas; se movían muy lentamente, quejándose y maldiciendo a los “morenos” de la cocina.

A Steadman le gustó el “Pueblo del Pescado y la Carne” porque tenían pescado y papas fritas. Yo prefería las tostadas, que en realidad eran pasta de panqueque, freída hasta alcanzar un determinado grosor y después cortada y trozada en una especie de molde para galletas que imitaba la forma de las tostadas.

Más allá del alcohol y la falta de sueño, nuestro único problema real en este punto era el asunto del acceso al Club. Finalmente, decidimos seguir adelante y robar dos pases, si era necesario, más que perdernos esa parte de la acción. Esta fue la última decisión coherente que fuimos capaces de tomar por las próximas 48 horas. Desde aquí en adelante—casi desde el instante en que partimos hacia la pista—perdimos todo control de los acontecimientos y pasamos el resto del fin de semana agitándonos en un océano de horrores. Mis notas y pensamientos sobre el Derby están un tanto mezclados.

Pero ahora, mirando el gran cuaderno rojo que llevé durante todo ese fin de semana, entiendo más o menos lo que sucedió. El cuaderno en sí está roto y arrugado; algunas de las páginas fueron arrancadas, otras están arrugadas y manchadas con lo que parece ser whisky, pero tomado como un todo, con esporádicos flashs de mi memoria, las notas parecen contar la historia. Por ejemplo:



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