jueves, 11 de febrero de 2010

Kentucky's Derby (5)

Llovió toda la noche hasta el amanecer. No dormimos. Jesús, aquí vamos, una pesadilla de barro y demencia…pero no. Para el mediodía el sol iluminaba todo—un día perfecto, sin humedad.

Steadman está ahora preocupado por el fuego. Alguien le contó que el Club se había incendiado dos años atrás. Podría volver a suceder? Sería Horrible. Quedaríamos atrapados en el salón de prensa. Un Holocausto. Cien mil personas peleando por escapar. Borrachos gritando entre las llamas y el barro, caballos enloquecidos corriendo por todas partes. Estaríamos ciegos por el humo. Las tribunas desmoronándose en un mar de llamas con nosotros en el techo. El pobre Ralph está por sufrir una crisis nerviosa. Bebe de forma brutal en el Haig & Haig.

Fuera de la pista en nuestro taxi, evitando ese terrible estacionamiento abarrotado de gente, a $ 25 dólares el sitio, viejos desdentados indican espacios para los autos con grandes carteles que dicen: ESTACIONAR AQUÍ. “Qué bien, muchacho, olvida los tulipanes”. El cabello desordenado en su cabeza, parado como si fuera una mata de juncos.

Las veredas llenas de personas, todas moviéndose en la misma dirección, hacia Churchill Downs. Chicos llevando coolers y mantas, quinceañeros vestidos con apretados bañadores de color rosa, muchos negros…tipos negros con sombreros de fieltro blanco y cintas de piel de leopardo, policías dirigiendo el tránsito.

La multitud se agrupaba muchas cuadras alrededor de la pista; avanzamos lentamente entre la gente, el calor era excesivo. Mientras caminábamos hacia el ascensor que conducía al salón de prensa, dentro del Club, nos encontramos con una hilera de soldados que llevaban largas lumas blancas. Cerca de dos pelotones, con cascos. Un hombre que caminaba al lado nuestro dijo que esperaban al gobernador. Steadman los observó nerviosamente: “Por qué llevan esos garrotes?”

“Panteras Negras,” le dije. Entonces recordé al buen “Jimbo” del aeropuerto y me pregunté que pensaría él en este momento. Probablemente estaría muy nervioso; el lugar estaba abarrotado de policías y soldados. Nos escurrimos a través de la multitud, pasamos muchas puertas, cruzamos el corral en que los jinetes traen a los caballos y desfilan por unos momentos antes de cada carrera para que los apostadores puedan echarles un vistazo. Cinco millones de dólares serán apostados hoy. Habrá muchos ganadores, aún más perdedores. Qué importa. La puerta de acceso al salón de prensa estaba repleta con gente tratando de entrar, gritándole a los guardias, mostrando extrañas credenciales: Chicago Sporting Times, Pittsburg Police Athetic League…todos ellos fueron rechazados. “Muévete, amigo, dale paso a los trabajadores de la prensa.” Empujamos a la gente, entramos al ascensor y rápidamente subimos hasta el bar. Por qué no? Hagámoslo. Hoy es un día muy caluroso, no me siento bien, debe ser este clima horrible. El salón de prensa estaba fresco y aireado, había muchos cuartos que recorrer y asientos en la terraza para observar la carrera o mirar a la multitud. Nos conseguimos una hoja de apuestas y fuimos afuera.



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